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DIARIO DE UNA CATARSIS

De Vuelta al Hospital

28/2/2026

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Ha caído la tarde. Después de cuatro meses, el dolor vuelve repentinamente. Aumenta con rapidez. Una hora después, comienzo a preocuparme.

Han pasado tres horas y el dolor comienza a volverse intolerable.

—No es por preocuparte, pero el dolor ha regresado y es bastante. Creo que es muy posible que tenga que volver al hospital y no puedo conducir así. Necesitaré que me lleves.

—¡Qué bueno! ¡Así no voy a trabajar mañana!

No esperaba esa respuesta. De pronto, una profunda sensación de soledad se apodera de mí. Al menos mi enfermedad será de beneficio para alguien más.

Una parte de mi mente me dice que es necesario ir al hospital. La otra, intenta disuadirme. Cada hospitalización es costosa. Lá última salió en $12,000 dólares.

Las otras veces que he ido al hospital, lo he hecho sin temor. Tan solo con el propósito de ser atendido para resolver la siguiente de mis crisis. Pero esta vez es distinto. Siento miedo. Estas últimas tres semanas he recibido noticias devastadoras. Amigos muy cercanos han sido diagnosticados de distintos tipos de cáncer terminales y para colmo, no les queda mucho tiempo. De alguna forma, me inquieta ser el siguiente en tener que dar a los demás una mala noticia.

Hay quien se sorprende y me reprocha cuando expreso algún temor por mis enfermedades. Me cuestionan si acaso no tengo fe y más yo, que dedico gran parte de mi vida a hablar y escribir acerca de la fe católica. Se nota que no conocen bien de nuestra fe. No está peleada con el miedo. Jesús mismo sintió miedo en el huerto de los olivos.

Decido esperar y ver si el dolor baja por sí solo. La lógica me dice que esto no sucederá. Pero siempre queda espacio para un poco de esperanza.

El dolor es tal, que no puedo dormir toda la noche. Al amanecer, todavía de madrugada, aviso en mi trabajo que no me siento bien y que me veré a forzado a ausentarme.

Paso el día en cama, porque no me queda de otra. Y me siento intranquilo, como si me estuviera perdiendo de la vida que sucede allá afuera. Incluso, me viene un absurdo sentimiento de culpa por estar en cama dejando de cumplir con mis obligaciones.

Me vienen recuerdos de mi infancia. Cuando caía enfermo y faltaba a la escuela, tenía esos dos mismos sentimientos. Sentía que me estaba perdiendo de la vida de allá afuera. Me preguntaba qué estarían aprendiendo mis compañeros en clase, cómo armarían los equipos de futbol o de tochito en el recreo y sentía un poco de culpa por estar en cama en vez de estar cumpliendo en el salón de clases. 

A la distancia, creo que ese sentimiento de culpa surgía del reproche que me hacía mi papá cada vez que me enfermaba. Él suponía que fingía mis dolencias como un pretexto para no ir a la escuela. Sobra decir que a él solo una vez en la vida lo vi ausentarse al trabajo, cayendo en cama con un fortísimo resfriado.

Siempre que faltaba a clases, mi mamá cruzaba la calle y me compraba en el puesto de revistas de la esquina una historieta para que no me aburriera en la cama. Algunas veces me compraba un Archi, o La Pequeña Lulú o alguna de las series de Disney. 

No es coincidencia que a la fecha, sigo comprando historietas en una librería de viejo que está cerca de mi casa y las guardo en una repisa cerca de mi cama. Así, puedo aprovecharlas cuando me veo forzado a guardar cama como esta vez. O al menos eso pensaría, pues esta vez el dolor es tan fuerte que me resulta imposible leer nada. Es tan difícil encontrar una postura en la que el dolor desaparezca que no hay manera de sostener un libro, mi Kindle o una de mis historietas. Además, la falta de sueño de anoche acaba por vencerme y duermo varias horas durante el día.

Vuelve a caer la tarde y el dolor es ahora más extremo. Respirar hondo lo exacerba. Por la noche, decido ir al hospital tan pronto amanezca. No puedo conducir en estas condiciones, pero no quiero dar molestias a los demás, que están dormidos.

Llega la mañana y con ella, lo inevitable. Con trabajos me doy un baño y me afeito para alistarme. Elijo de mi armario prendas que puedo ponerme y quitarme sin tanto dolor, sabiendo que en el hospital habré de cambiarlas por una de esas infames batas que arrebatan la dignidad a los enfermos.

Haciendo un gran esfuerzo bajo los tres pisos y subo al auto. En la posición sedente, el dolor llega a su máximo. Por fortuna, el traslado al hospital es corto. Apenas 2 Km.

Entro al hospital con mucho trabajo. Cada paso siento que el dolor va a reventar. Tras registrarme en el mostrador de la sala de emergencias, un guardia de seguridad me llama a su módulo. Es difícil moverme y me hace ir allá en lugar de venir él conmigo. Quiere revisar mi mochila porque, según él, su sofisticado sistema de seguridad ha detectado la posibilidad de que porte un arma escondida.

Semejante disparate me altera. Es difícil mantener la calma cuando apenas puede uno moverse porque hasta respirar duele y que le salgan a uno con eso de la nada. Con esfuerzo abro mi mochila y le muestro que solo traigo un Kindle y un par de pantalones cortos de algodón. Le exijo una explicación de sus sospechas. Por supuesto, no me las da. 

Sale un enfermero y me llama. El mismo que me ha recibido las dos veces pasadas. Un tipo apresurado que se olvida de que los pacientes que llegan a la sala de emergencia apenas pueden moverse. Avanza con rapidez por los pasillos hacia mi cuarto, volteando a verme una y otra vez como pretendiendo que acelere mi paso. Por tercera vez le recuerdo que no me puedo mover por el dolor y le recuerdo que en otras veces le he pedido que tenga paciencia. Se disculpa como aquellas veces anteriores, sin la menor sinceridad.

Al entrar al cuarto ya hay tres enfermeros esperándome. Uno me da la bata infame y me pide que me quite todo y me la ponga. Pero vengo preparado con mis shorts de algodón en mi mochila. No estoy dispuesto a perder la dignidad entera.

Mientras me cambio trabajosamente, me interrogan pidiendo los datos de siempre, como si ayudaran a diagnosticar la causa de mis males: estatura, color de ojos, peso y edad. Me preguntan además si me he sentido en riesgo en casa.

Al tiempo que me conectan toda suerte de monitores, como es de rigor una enfermera me limpia el brazo con alcohol y me ensarta una aguja. La necesitan allí para sacar sangre e inyectarme lo que sea necesario. La enfermera es muy amable. Me dice que pronto entrará el médico. Mientras, toma una muestra de sangre.

Me da luego un analgésico, advirtiéndome que no me quitará el dolor, pero tal vez lo disminuya un poco. Tiempo después comprobaré que no habrá de surtir efecto alguno.

El médico entra por fin. Un galeno joven sumamente amable y cortés. Hasta parece de los de la vieja guardia. De aquellos que sí hacían el juramento hipocrático. Tras escuchar mi explicación y hacer una exploración manual, me dice que será necesaria una tomografía computarizada para ver qué tan mal me encuentro y si acaso será necesario operar.

Tras otro rato de espera, entra el radiólogo, me desconecta de todos los monitores, me confisca el teléfono y me lleva en mi camilla por los pasillos hasta el departamento de radiología. Veo pasar el techo y las lámparas encendidas con una tenue luz.

El radiólogo me hace recostar en la camilla y me advierte que el medio de contraste me quemará todo el interior. Ya lo he vivido y no es nada agradable. Además de quemar, causa la sensación de que va uno a sufrir un accidente de esos que le ocurren a un niño de 2 años que acaba de beberse medio litro de limonada. Me advierte que eso sentiré, pero que no ocurrirá percance alguno. Ya solo eso faltaba.

Para serenarme, comienzo a rezar la oración del corazón. El medio de contraste comienza a quemar la vena de mi brazo. Instantes después quema mi garganta, luego todo mi tórax y al final mi cuerpo entero. El ardor interno es intenso.

Yo sigo rezando la oración del corazón y ofreciendo el malestar por mis amigos que están enfermos. Una grabadora me indica que respire hondo, que contenga el aire y que no me mueva…. Luego, que exhale y descanse. Se repite la rutina dos veces más.

El radiólogo me dice que es todo y el hirviente ardor interno desaparece de súbito.

De vuelta en el cuarto, la enfermera me pregunta si el dolor ha disminuido. Negativo.

Consulta con el doctor y regresa con una pastilla y una inyección. Tomo la pastilla. Es la primera dosis de un antibiótico. Al ver que me inyecta, me da curiosidad y le pregunto qué me está administrando. Me dice como si nada que es fentanilo. Mi mente vuela de inmediato a las calles donde trabajo y los cientos de indigentes adictos a lo mismo. Me advierte que comenzará a hacer efecto muy pronto.

Y así es. Apenas se pone ella de pie, siento los párpados muy pesados. No alcanzo siquiera a verla salir del cuarto.

No sé cuánto tiempo me duermo, pero deben ser solo unos minutos. El dolor mismo me vuelve a despertar. Sigue ahí con terquedad y no está dispuesto siquiera a disminuir. Me siento atontado y adormilado y permanezco así largo rato.

Entra el doctor y me pregunta cómo me siento. Le digo que igual que cuando llegué, si no es que incluso un poco más mal, pese a los analgésicos y al fentanilo.

Un gran problema que siempre he tenido es que los analgésicos rara vez me hacen efecto, incluyendo los anestésicos. Por lo mismo, cuando me han hecho algunas endodoncias, me han tenido que reaplicar anestesia a medio procedimiento, porque pierde su efecto a esas alturas. Y en las cirugías que he tenido, este ha sido un aspecto que los anestesiólogos han tenido que vigilar con más cuidado que de ordinario.

El médico, siempre amable, me ofrece dos noticias. Exacto: una buena y una mala. La buena es que no tienen que operarme en ese momento. La mala es que esto no es sencillo y el dolor comenzará a disminuir en tres o cuatro días. 

Tendré que ser paciente. Por lo pronto, el dolor no amaina ni tantito. Al menos he podido encontrar la forma de tomar un teclado y escribir esta nota que, por cierto, me olvidé de dedicar al comenzar a escribirla. Como dictan los cánones, debí iniciar con el famoso “Querido Diario:”.
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    Alguien que escribe sus pasares y sus pesares como terapia personal.
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