CELEBRACIÓN DE LA NAVIDAD EN FAMILIA
24 de Diciembre por la Noche
INTRODUCCIÓN
Sentados.
Comienza leyendo quien preside la celebración y los participantes continúan por turnos.
Esta es una noche especial. Una de las noches más bellas del año.
Una estrella ha brillado en el firmamento y ha captado la atención de quienes vivimos muy lejos. Con ardor en nuestro corazón, la hemos seguido hasta llegar aquí.
Un ángel ha venido y llamado a quienes viven cerca, animándolos a ir de prisa a una cueva en Belén.
Ante esa cueva coincidimos, los que venimos de lejos y los que viven cerca.
En esa cueva, algo muy grande está por suceder.
Algo sublime y majestuoso que cambiará el curso de la historia.
Algo bello y profundo que debe cambiar también nuestros corazones y nuestras vidas.
Abramos pues nuestra mente y nuestro corazón y seamos testigos de esta noche.
El Hijo de Dios viene al mundo y se vuelve Emmanuel, es decir, Dios con nosotros.
Comienza leyendo quien preside la celebración y los participantes continúan por turnos.
Esta es una noche especial. Una de las noches más bellas del año.
Una estrella ha brillado en el firmamento y ha captado la atención de quienes vivimos muy lejos. Con ardor en nuestro corazón, la hemos seguido hasta llegar aquí.
Un ángel ha venido y llamado a quienes viven cerca, animándolos a ir de prisa a una cueva en Belén.
Ante esa cueva coincidimos, los que venimos de lejos y los que viven cerca.
En esa cueva, algo muy grande está por suceder.
Algo sublime y majestuoso que cambiará el curso de la historia.
Algo bello y profundo que debe cambiar también nuestros corazones y nuestras vidas.
Abramos pues nuestra mente y nuestro corazón y seamos testigos de esta noche.
El Hijo de Dios viene al mundo y se vuelve Emmanuel, es decir, Dios con nosotros.
INVOCACIÓN AL SEÑOR
De pie.
Mientras todos hacen la señal de la cruz, el que preside dice:
Dios mío, ven en mi auxilio
Los demás responden:
Señor, date prisa en socorrerme.
Mientras todos hacen la señal de la cruz, el que preside dice:
Dios mío, ven en mi auxilio
Los demás responden:
Señor, date prisa en socorrerme.
HIMNO
De un Dios que se encarnó muestra el misterio
Este himno es rezado de forma alternada a dos coros, uno formado por los varones y el otro por las mujeres:
De un Dios que se encarnó muestra el misterio
la luz de Navidad.
Comienza hoy, Jesús, tu nuevo imperio
de amor y de verdad.
El Padre eterno te engendró en su mente
desde la eternidad,
y antes que el mundo, ya eternamente,
fue tu natividad.
La plenitud del tiempo está cumplida;
rocío bienhechor
baja del cielo, trae nueva vida
al mundo pecador.
¡Oh santa noche! Hoy Cristo nacía
en mísero portal;
Hijo de Dios, recibe de María
la carne del mortal.
Este Jesús en brazos de María
es nuestra redención;
cielos y tierra con su abrazo unía
de paz y de perdón.
Tú eres el Rey de paz, de ti recibe
su luz el porvenir;
ángel del gran Consejo, por ti vive
cuanto llega a existir.
A ti, Señor, y al Padre la alabanza,
y de ambos al Amor.
Contigo al mundo llega la esperanza;
a ti gloria y honor. Amén.
Sentados.
El que preside dice:
La Palabra se hizo carne. Aleluya.
Los demás responden:
y puso su morada entre nosotros. Aleluya.
De un Dios que se encarnó muestra el misterio
la luz de Navidad.
Comienza hoy, Jesús, tu nuevo imperio
de amor y de verdad.
El Padre eterno te engendró en su mente
desde la eternidad,
y antes que el mundo, ya eternamente,
fue tu natividad.
La plenitud del tiempo está cumplida;
rocío bienhechor
baja del cielo, trae nueva vida
al mundo pecador.
¡Oh santa noche! Hoy Cristo nacía
en mísero portal;
Hijo de Dios, recibe de María
la carne del mortal.
Este Jesús en brazos de María
es nuestra redención;
cielos y tierra con su abrazo unía
de paz y de perdón.
Tú eres el Rey de paz, de ti recibe
su luz el porvenir;
ángel del gran Consejo, por ti vive
cuanto llega a existir.
A ti, Señor, y al Padre la alabanza,
y de ambos al Amor.
Contigo al mundo llega la esperanza;
a ti gloria y honor. Amén.
Sentados.
El que preside dice:
La Palabra se hizo carne. Aleluya.
Los demás responden:
y puso su morada entre nosotros. Aleluya.
1a MEDITACIÓN
La Promesa del Salvador
Cada participante va leyendo un párrafo:
Desde el principio de los tiempos, Dios comenzó a tejer su plan de salvación para el mundo. Aunque nuestra humanidad se alejaba, Él no nos dejó solos.
A través de los siglos, Dios envió señales, promesas y mensajeros para preparar a su pueblo para la llegada del Salvador.
Los profetas fueron los instrumentos de Dios para anunciar esa promesa. Ellos hablaron de un futuro lleno de esperanza, un tiempo en el que Dios vendría personalmente para salvar a su pueblo.
A través de sus palabras, el pueblo de Israel esperaba con fe y confianza la venida del Mesías.
Isaías, uno de los grandes profetas, habló de un niño que nacería de una virgen. Este niño sería llamado "Emmanuel", que significa "Dios con nosotros".
Sus palabras llenaron de esperanza los corazones del pueblo, que sabía que, aunque sufrían, un día llegarían la paz y la justicia.
Jeremías también anunció que Dios enviaría un rey justo, un pastor que cuidaría a su pueblo con amor y rectitud. Este rey restauraría el reino de Dios en la Tierra y guiaría a todos hacia la salvación.
Las profecías eran claras, pero el pueblo de Israel aún esperaba en un futuro incierto.
Mientras tanto, el pueblo vivió épocas de oscuridad y dificultad. A pesar de todo, Dios nunca dejó de enviar señales de esperanza.
La promesa de un Salvador nunca fue olvidada, y en medio de las pruebas, la fe del pueblo se mantenía viva, esperando el cumplimiento de la palabra divina.
La promesa de un Salvador se fue haciendo cada vez más clara. A través de Miqueas, Dios reveló que el Mesías nacería en Belén, una ciudad pequeña y humilde, que sería el lugar de la gran llegada.
De esta manera, Dios mostró que Su plan no era para los poderosos, sino para todos, incluso para los más humildes.
Cuando el pueblo pensaba que ya nada podría cambiar, Dios nos sorprendió. En la plenitud de los tiempos, cuando todo parecía estar preparado, Él envió a su Hijo al mundo.
Jesús no vino en un momento cualquiera; vino en el tiempo perfecto, cuando la humanidad más lo necesitaba.
Y así, en un humilde pesebre en Belén, nació el Salvador. No en un palacio, sino en un lugar sencillo, rodeado de animales, pero lleno de la gloria de Dios. Jesús vino a traernos paz, perdón y amor. El Salvador estaba aquí, y el mundo nunca sería el mismo.
Los ángeles anunciaron su nacimiento a los pastores, los cuales, humildemente, fueron los primeros en adorar al Niño.
Los magos, guiados por una estrella, también vinieron desde lejos para ofrecer sus regalos al Rey que acababa de nacer.
La noticia del nacimiento de Jesús se fue extendiendo, llenando de alegría a todos los que creyeron en la promesa de Dios.
Hoy, más de dos mil años después, seguimos celebrando ese nacimiento. La promesa se cumplió, y Jesús sigue siendo el Salvador que vino al mundo para sanar nuestras heridas, para perdonar nuestros pecados y para darnos esperanza.
En Navidad, celebramos el amor de Dios hecho carne.
Pero esta celebración no es solo un recuerdo. Es un llamado a vivir como Jesús vivió, a llevar su paz, su luz y su amor al mundo.
Él no solo nació en Belén; también quiere nacer en nuestros corazones, para que, como Él, podamos ser portadores de esperanza y alegría.
Hoy, en esta Navidad, nos invita a renovar nuestra fe y nuestra esperanza. Al igual que el pueblo de Israel esperó al Salvador, nosotros esperamos Su segunda venida.
Que la luz de Jesús ilumine nuestras vidas y nuestra familia, y que, como aquellos que recibieron Su mensaje, vivamos con alegría y gratitud por el regalo de Su amor.
Todos juntos:
Padre celestial,
te damos gracias por enviarnos a Tu Hijo, Jesús,
como el Salvador del mundo.
Que esta Navidad nos llene de paz,
esperanza y amor,
y que, al recordar Su nacimiento,
renueve nuestra fe en tus promesas.
Te pedimos que nos guíes
y nos ayudes a vivir
como Tú nos enseñaste,
con humildad y amor.
Amén.
Desde el principio de los tiempos, Dios comenzó a tejer su plan de salvación para el mundo. Aunque nuestra humanidad se alejaba, Él no nos dejó solos.
A través de los siglos, Dios envió señales, promesas y mensajeros para preparar a su pueblo para la llegada del Salvador.
Los profetas fueron los instrumentos de Dios para anunciar esa promesa. Ellos hablaron de un futuro lleno de esperanza, un tiempo en el que Dios vendría personalmente para salvar a su pueblo.
A través de sus palabras, el pueblo de Israel esperaba con fe y confianza la venida del Mesías.
Isaías, uno de los grandes profetas, habló de un niño que nacería de una virgen. Este niño sería llamado "Emmanuel", que significa "Dios con nosotros".
Sus palabras llenaron de esperanza los corazones del pueblo, que sabía que, aunque sufrían, un día llegarían la paz y la justicia.
Jeremías también anunció que Dios enviaría un rey justo, un pastor que cuidaría a su pueblo con amor y rectitud. Este rey restauraría el reino de Dios en la Tierra y guiaría a todos hacia la salvación.
Las profecías eran claras, pero el pueblo de Israel aún esperaba en un futuro incierto.
Mientras tanto, el pueblo vivió épocas de oscuridad y dificultad. A pesar de todo, Dios nunca dejó de enviar señales de esperanza.
La promesa de un Salvador nunca fue olvidada, y en medio de las pruebas, la fe del pueblo se mantenía viva, esperando el cumplimiento de la palabra divina.
La promesa de un Salvador se fue haciendo cada vez más clara. A través de Miqueas, Dios reveló que el Mesías nacería en Belén, una ciudad pequeña y humilde, que sería el lugar de la gran llegada.
De esta manera, Dios mostró que Su plan no era para los poderosos, sino para todos, incluso para los más humildes.
Cuando el pueblo pensaba que ya nada podría cambiar, Dios nos sorprendió. En la plenitud de los tiempos, cuando todo parecía estar preparado, Él envió a su Hijo al mundo.
Jesús no vino en un momento cualquiera; vino en el tiempo perfecto, cuando la humanidad más lo necesitaba.
Y así, en un humilde pesebre en Belén, nació el Salvador. No en un palacio, sino en un lugar sencillo, rodeado de animales, pero lleno de la gloria de Dios. Jesús vino a traernos paz, perdón y amor. El Salvador estaba aquí, y el mundo nunca sería el mismo.
Los ángeles anunciaron su nacimiento a los pastores, los cuales, humildemente, fueron los primeros en adorar al Niño.
Los magos, guiados por una estrella, también vinieron desde lejos para ofrecer sus regalos al Rey que acababa de nacer.
La noticia del nacimiento de Jesús se fue extendiendo, llenando de alegría a todos los que creyeron en la promesa de Dios.
Hoy, más de dos mil años después, seguimos celebrando ese nacimiento. La promesa se cumplió, y Jesús sigue siendo el Salvador que vino al mundo para sanar nuestras heridas, para perdonar nuestros pecados y para darnos esperanza.
En Navidad, celebramos el amor de Dios hecho carne.
Pero esta celebración no es solo un recuerdo. Es un llamado a vivir como Jesús vivió, a llevar su paz, su luz y su amor al mundo.
Él no solo nació en Belén; también quiere nacer en nuestros corazones, para que, como Él, podamos ser portadores de esperanza y alegría.
Hoy, en esta Navidad, nos invita a renovar nuestra fe y nuestra esperanza. Al igual que el pueblo de Israel esperó al Salvador, nosotros esperamos Su segunda venida.
Que la luz de Jesús ilumine nuestras vidas y nuestra familia, y que, como aquellos que recibieron Su mensaje, vivamos con alegría y gratitud por el regalo de Su amor.
Todos juntos:
Padre celestial,
te damos gracias por enviarnos a Tu Hijo, Jesús,
como el Salvador del mundo.
Que esta Navidad nos llene de paz,
esperanza y amor,
y que, al recordar Su nacimiento,
renueve nuestra fe en tus promesas.
Te pedimos que nos guíes
y nos ayudes a vivir
como Tú nos enseñaste,
con humildad y amor.
Amén.
EVANGELIO
Lc 2,1-14
De pie.
Se enciende el incienso.
Quien ha sido elegido para leer el Evangelio, lo lee o entona completo en tono solemne.
Por aquellos días, se promulgó un edicto de César Augusto, que ordenaba un censo de todo el imperio. Este primer censo se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria.
Todos iban a empadronarse, cada uno en su propia ciudad; así es que también José, perteneciente a la casa y familia de David, se dirigió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, para empadronarse, juntamente con María, su esposa, que estaba encinta.
Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.
En aquella región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños. Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor.
El ángel les dijo: “No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.
De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!”
Al final no se dice "Palabra del Señor".
Todos se sientan. Se deja un momento en silencio. Luego prosigue la celebración.
Se enciende el incienso.
Quien ha sido elegido para leer el Evangelio, lo lee o entona completo en tono solemne.
Por aquellos días, se promulgó un edicto de César Augusto, que ordenaba un censo de todo el imperio. Este primer censo se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria.
Todos iban a empadronarse, cada uno en su propia ciudad; así es que también José, perteneciente a la casa y familia de David, se dirigió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, para empadronarse, juntamente con María, su esposa, que estaba encinta.
Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.
En aquella región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños. Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor.
El ángel les dijo: “No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.
De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!”
Al final no se dice "Palabra del Señor".
Todos se sientan. Se deja un momento en silencio. Luego prosigue la celebración.
2a MEDITACIÓN
El Nacimiento del Niño Dios
Cada participante lee un párrafo.
En esta noche santa, nos acercamos en silencio a la cueva de Belén. Dejamos afuera las prisas y las preocupaciones. Queremos contemplar el misterio del Dios que se hace Niño por amor a nosotros.
La cueva es pobre y sencilla, pero está llena de la presencia de Dios. En la humildad del lugar, el cielo y la tierra se encuentran. Aquí todo habla de amor, de paz y de entrega.
Vemos a la Virgen María, cansada pero llena de una alegría profunda. Su corazón guarda y contempla el misterio que Dios ha obrado en ella. En el silencio, adora al Hijo que acaba de nacer.
María toma al Niño en sus brazos con ternura infinita. Lo envuelve con cuidado, lo acerca a su corazón. Aquel que no cabe en el universo descansa ahora en los brazos de su Madre.
Contemplamos el rostro del Niño Jesús, pequeño y frágil. Es Dios verdadero que se ha hecho uno de nosotros. En su pobreza se nos revela la grandeza del amor de Dios.
María lo mira con amor y asombro. Ella sabe que este Niño es el Salvador prometido, el don más grande del Padre. Su corazón de Madre se llena de gratitud y confianza.
Junto a ellos está San José, silencioso y atento. No dice palabra, pero su mirada lo dice todo. Él custodia este misterio con un amor fiel y humilde.
José contempla a María y al Niño con profunda ternura. Da gracias a Dios por la misión que le ha confiado. En su silencio, enseña a amar sirviendo y protegiendo.
La Sagrada Familia permanece unida en la sencillez de la noche. No hay riquezas ni honores, solo amor verdadero. Allí donde hay amor, Dios habita.
Nos acercamos también nosotros a la cueva. Miramos al Niño y dejamos que su paz toque nuestro corazón. En su debilidad, Él viene a fortalecernos.
Le presentamos al Niño Jesús nuestra familia, nuestras alegrías y nuestras dificultades. Le pedimos que nazca también en nuestros corazones. Que su luz ilumine nuestra vida cotidiana.
Al contemplar a María, a José y al Niño, aprendemos a confiar en Dios. Él cumple sus promesas de maneras sencillas y sorprendentes. En Belén, el amor de Dios se hace cercano y real.
Todos juntos:
Niño Jesús,
te adoramos y te damos gracias
por venir a habitar entre nosotros.
Enséñanos la humildad de María,
la fidelidad de José
y la sencillez de tu amor.
Que esta Navidad renueves nuestra fe
y llenes nuestro hogar de paz.
Amén.
En esta noche santa, nos acercamos en silencio a la cueva de Belén. Dejamos afuera las prisas y las preocupaciones. Queremos contemplar el misterio del Dios que se hace Niño por amor a nosotros.
La cueva es pobre y sencilla, pero está llena de la presencia de Dios. En la humildad del lugar, el cielo y la tierra se encuentran. Aquí todo habla de amor, de paz y de entrega.
Vemos a la Virgen María, cansada pero llena de una alegría profunda. Su corazón guarda y contempla el misterio que Dios ha obrado en ella. En el silencio, adora al Hijo que acaba de nacer.
María toma al Niño en sus brazos con ternura infinita. Lo envuelve con cuidado, lo acerca a su corazón. Aquel que no cabe en el universo descansa ahora en los brazos de su Madre.
Contemplamos el rostro del Niño Jesús, pequeño y frágil. Es Dios verdadero que se ha hecho uno de nosotros. En su pobreza se nos revela la grandeza del amor de Dios.
María lo mira con amor y asombro. Ella sabe que este Niño es el Salvador prometido, el don más grande del Padre. Su corazón de Madre se llena de gratitud y confianza.
Junto a ellos está San José, silencioso y atento. No dice palabra, pero su mirada lo dice todo. Él custodia este misterio con un amor fiel y humilde.
José contempla a María y al Niño con profunda ternura. Da gracias a Dios por la misión que le ha confiado. En su silencio, enseña a amar sirviendo y protegiendo.
La Sagrada Familia permanece unida en la sencillez de la noche. No hay riquezas ni honores, solo amor verdadero. Allí donde hay amor, Dios habita.
Nos acercamos también nosotros a la cueva. Miramos al Niño y dejamos que su paz toque nuestro corazón. En su debilidad, Él viene a fortalecernos.
Le presentamos al Niño Jesús nuestra familia, nuestras alegrías y nuestras dificultades. Le pedimos que nazca también en nuestros corazones. Que su luz ilumine nuestra vida cotidiana.
Al contemplar a María, a José y al Niño, aprendemos a confiar en Dios. Él cumple sus promesas de maneras sencillas y sorprendentes. En Belén, el amor de Dios se hace cercano y real.
Todos juntos:
Niño Jesús,
te adoramos y te damos gracias
por venir a habitar entre nosotros.
Enséñanos la humildad de María,
la fidelidad de José
y la sencillez de tu amor.
Que esta Navidad renueves nuestra fe
y llenes nuestro hogar de paz.
Amén.
ADORACIÓN AL NIÑO
Una mujer de la familia presenta al Niño Dios y lo recuesta.
Se encienden las velas y el incienso.
Todos los participantes pasan a adorar al Niño haciendo una inclinación profunda ante Él al tiempo que todos cantan este villancico:
El camino que lleva a Belén
baja hasta el valle que la nieve cubrió,
los pastorcillos quieren ver a su rey,
le traen regalos en su humilde zurrón
Ro, pón, pón, pón,
Ro, pón, pón, pón.
Ha nacido en un portal de Belén
el niño Dios.
Yo quisiera poner a tus pies
algún presente que te agrade, Señor,
mas tú ya sabes que soy pobre también
Y no poseo más que un viejo tambor
Ro, pón, pón, pón,
Ro, pón, pón, pón.
En tu honor frente al portal tocaré
con mi tambor.
El camino que lleva a Belén,
yo voy marcando con mi viejo tambor.
Nada mejor hay que te pueda ofrecer,
su ronco acento es un canto de amor
Ro, pón, pón, pón,
Ro, pón, pón, pón.
Cuando Dios me vio tocar ante Él
me sonrió.
Se encienden las velas y el incienso.
Todos los participantes pasan a adorar al Niño haciendo una inclinación profunda ante Él al tiempo que todos cantan este villancico:
El camino que lleva a Belén
baja hasta el valle que la nieve cubrió,
los pastorcillos quieren ver a su rey,
le traen regalos en su humilde zurrón
Ro, pón, pón, pón,
Ro, pón, pón, pón.
Ha nacido en un portal de Belén
el niño Dios.
Yo quisiera poner a tus pies
algún presente que te agrade, Señor,
mas tú ya sabes que soy pobre también
Y no poseo más que un viejo tambor
Ro, pón, pón, pón,
Ro, pón, pón, pón.
En tu honor frente al portal tocaré
con mi tambor.
El camino que lleva a Belén,
yo voy marcando con mi viejo tambor.
Nada mejor hay que te pueda ofrecer,
su ronco acento es un canto de amor
Ro, pón, pón, pón,
Ro, pón, pón, pón.
Cuando Dios me vio tocar ante Él
me sonrió.
PREGÓN DE NAVIDAD
Navidad para un Corazón Afligido
-Mauricio I. Pérez
Este pregón es rezado por un lector.
La brisa esta noche huele a eternidad,
un llanto se escucha en la oscuridad,
el Niño Dios nace en humildad,
trayendo al mundo esperanza y claridad.
El Niño Dios duerme entre paja y ternura,
en su silencio se escucha la cura
para todo sufrimiento, toda amargura.
Su presencia trae paz y serena dulzura.
Quien sufre de hambre en su mesa vacía,
quien pierde el rumbo en la melancolía,
quien llora en silencio sin compañía,
que venga al pesebre a encontrar la alegría.
El enfermo que lucha con su dolor,
la viuda que añora un antiguo amor,
el niño que teme, sin abrigo ni calor,
hallan en Jesús un nuevo fulgor.
Quien carga con culpa y remordimiento,
quien ciego camina por el descontento,
quien enfrenta la vida con desaliento,
descubre en el Niño un consuelo cierto.
Los presos del odio, el rencor y la rabia;
los pobres de corazón, de vida y palabra;
los ancianos olvidados en la larga andanza;
vengan al Niño, que Él les abraza.
El migrante que cruza la incierta frontera,
el huérfano que sueña con la primavera,
quien sufre injusticia y espera sincera,
hallan en José la promesa certera.
Quien busca trabajo por meses y días,
y no lo consigue por más que lo ansía,
de José recibe también su caricia.
Palabras de aliento a sus oídos suspira.
El padre que sufre por los pasos de su hija,
siente en su pecho un temor que lo eriza.
La Virgen le inspira confianza y le avisa
que a sus labios podrá volver la sonrisa.
La madre angustiada por la enfermedad de su hijo,
entrando al pesebre busca cobijo.
María la estrecha sin mayor motivo
que pedirle a su Niño aliento y alivio.
Quien sufrió un desengaño amoroso,
encuentra en el Niño un abrazo hermoso.
La Navidad llega con un canto gozoso,
y su corazón renace dulce y luminoso.
La pareja que vio su matrimonio caer,
recibe del cielo un motivo para creer,
la Sagrada Familia les enseña a volver
y la esperanza se enciende al amanecer.
El moribundo que ve su final ya cercano,
recibe del cielo un abrazo soberano,
la Navidad le habla con un tono humano,
y su espíritu asciende, sin temor, temprano.
El corazón cansado de esperar signo alguno,
el espíritu que busca un puerto seguro,
el alma herida por cada agravio e insulto,
recibe al Salvador y su abrazo más puro.
Al que nada le ha salido y ha perdido la esperanza,
Jesús le devuelve, al nacer, la confianza.
La luz de la estrella ilumina su estancia
y en Navidad florece en su corazón la bonanza.
María sonríe, José protege callado,
el mundo parece más justo a su lado.
Cada lágrima con amor se ha secado,
y la angustia en esperanza ha cambiado.
Los ángeles cantan sobre los tejados,
sus notas son alivio para los quebrantados,
la estrella ilumina los rincones helados,
llenando de luz los caminos apagados.
La Navidad no tan solo es fiesta y es canto,
es consuelo para el que sufre el quebranto,
es la promesa de que Dios ama tanto,
que derriba los muros y consuela en el llanto.
La brisa esta noche huele a eternidad,
un llanto se escucha en la oscuridad,
el Niño Dios nace en humildad,
trayendo al mundo esperanza y claridad.
El Niño Dios duerme entre paja y ternura,
en su silencio se escucha la cura
para todo sufrimiento, toda amargura.
Su presencia trae paz y serena dulzura.
Quien sufre de hambre en su mesa vacía,
quien pierde el rumbo en la melancolía,
quien llora en silencio sin compañía,
que venga al pesebre a encontrar la alegría.
El enfermo que lucha con su dolor,
la viuda que añora un antiguo amor,
el niño que teme, sin abrigo ni calor,
hallan en Jesús un nuevo fulgor.
Quien carga con culpa y remordimiento,
quien ciego camina por el descontento,
quien enfrenta la vida con desaliento,
descubre en el Niño un consuelo cierto.
Los presos del odio, el rencor y la rabia;
los pobres de corazón, de vida y palabra;
los ancianos olvidados en la larga andanza;
vengan al Niño, que Él les abraza.
El migrante que cruza la incierta frontera,
el huérfano que sueña con la primavera,
quien sufre injusticia y espera sincera,
hallan en José la promesa certera.
Quien busca trabajo por meses y días,
y no lo consigue por más que lo ansía,
de José recibe también su caricia.
Palabras de aliento a sus oídos suspira.
El padre que sufre por los pasos de su hija,
siente en su pecho un temor que lo eriza.
La Virgen le inspira confianza y le avisa
que a sus labios podrá volver la sonrisa.
La madre angustiada por la enfermedad de su hijo,
entrando al pesebre busca cobijo.
María la estrecha sin mayor motivo
que pedirle a su Niño aliento y alivio.
Quien sufrió un desengaño amoroso,
encuentra en el Niño un abrazo hermoso.
La Navidad llega con un canto gozoso,
y su corazón renace dulce y luminoso.
La pareja que vio su matrimonio caer,
recibe del cielo un motivo para creer,
la Sagrada Familia les enseña a volver
y la esperanza se enciende al amanecer.
El moribundo que ve su final ya cercano,
recibe del cielo un abrazo soberano,
la Navidad le habla con un tono humano,
y su espíritu asciende, sin temor, temprano.
El corazón cansado de esperar signo alguno,
el espíritu que busca un puerto seguro,
el alma herida por cada agravio e insulto,
recibe al Salvador y su abrazo más puro.
Al que nada le ha salido y ha perdido la esperanza,
Jesús le devuelve, al nacer, la confianza.
La luz de la estrella ilumina su estancia
y en Navidad florece en su corazón la bonanza.
María sonríe, José protege callado,
el mundo parece más justo a su lado.
Cada lágrima con amor se ha secado,
y la angustia en esperanza ha cambiado.
Los ángeles cantan sobre los tejados,
sus notas son alivio para los quebrantados,
la estrella ilumina los rincones helados,
llenando de luz los caminos apagados.
La Navidad no tan solo es fiesta y es canto,
es consuelo para el que sufre el quebranto,
es la promesa de que Dios ama tanto,
que derriba los muros y consuela en el llanto.
PRECES
El que preside, hace la invitación:
Glorifiquemos a Cristo, Palabra eterna del Padre, engendrado antes de los siglos y nacido por
nosotros en el tiempo, y aclamémosle, diciendo:
Que se goce la tierra, Señor, ante tu venida.
Por turnos, cada participante reza una de las preces y los demás responden con la petición:
Cristo, Palabra eterna, que al venir al mundo anunciaste la alegría a la tierra,
disipa toda tristeza de nuestros corazones y alégralos con tu presencia.
Salvador del mundo, que con tu nacimiento nos has revelado la fidelidad de Dios,
haz que nosotros seamos también fieles a ti siempre, en especial en los momentos de prueba.
Rey del cielo y de la tierra, que por tus ángeles anunciaste la paz a los hombres,
concede a cada una de nuestras familias vivir en paz y convivir en armonía.
Señor, tú que viniste para al final morir en una cruz y que podamos ser perdonados por el
Padre, ayúdanos a perdonarnos entre nosotros cuando fallemos.
Glorifiquemos a Cristo, Palabra eterna del Padre, engendrado antes de los siglos y nacido por
nosotros en el tiempo, y aclamémosle, diciendo:
Que se goce la tierra, Señor, ante tu venida.
Por turnos, cada participante reza una de las preces y los demás responden con la petición:
Cristo, Palabra eterna, que al venir al mundo anunciaste la alegría a la tierra,
disipa toda tristeza de nuestros corazones y alégralos con tu presencia.
Salvador del mundo, que con tu nacimiento nos has revelado la fidelidad de Dios,
haz que nosotros seamos también fieles a ti siempre, en especial en los momentos de prueba.
Rey del cielo y de la tierra, que por tus ángeles anunciaste la paz a los hombres,
concede a cada una de nuestras familias vivir en paz y convivir en armonía.
Señor, tú que viniste para al final morir en una cruz y que podamos ser perdonados por el
Padre, ayúdanos a perdonarnos entre nosotros cuando fallemos.
PADRE NUESTRO
El que preside invita a todos a rezar juntos:
Con el deseo de que la luz de Cristo ilumine a todos los hombres y que su amor se extienda por toda la tierra, pidamos al Padre que su reino venga a nosotros:
Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Con el deseo de que la luz de Cristo ilumine a todos los hombres y que su amor se extienda por toda la tierra, pidamos al Padre que su reino venga a nosotros:
Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
ORACIÓN FINAL
Todos se ponen de pie. El que preside dice, juntando las manos:
Oremos.
Con las manos juntas, continúa:
Dios nuestro, que de modo admirable
creaste al hombre a tu imagen y semejanza
y de un modo todavía más admirable
elevaste su condición por medio de Jesucristo,
concédenos compartir la divinidad
de aquel que se ha dignado compartir nuestra humanidad.
Por Cristo, nuestro Señor.
Todos responden:
Amén.
Oremos.
Con las manos juntas, continúa:
Dios nuestro, que de modo admirable
creaste al hombre a tu imagen y semejanza
y de un modo todavía más admirable
elevaste su condición por medio de Jesucristo,
concédenos compartir la divinidad
de aquel que se ha dignado compartir nuestra humanidad.
Por Cristo, nuestro Señor.
Todos responden:
Amén.
CONCLUSIÓN
El que preside dice:
Bendigamos al Señor.
Todos responden, haciendo la señal de la cruz:
Demos gracias a Dios.
Bendigamos al Señor.
Todos responden, haciendo la señal de la cruz:
Demos gracias a Dios.
ARRULLO AL NIÑO DIOS
-Mauricio I. Pérez
Cierra, cierra tus ojitos,
Niño de mi corazón.
Duerme, duerme Jesús mío.
Duerme y lléname de amor.
En tu frente pone un beso
con sus labios de arrebol
la bendita Virgen Madre
que a su Padre enamoró.
Frente a ti, con dulces ojos,
de rodillas San José
siente un nudo en su garganta
y en su mente un no sé qué.
Las estrellas y la luna
con su dulce resplandor
iluminan esa cuna
en que duerme el Redentor.
Cierra, cierra tus ojitos,
Niño de mi corazón.
Duerme, duerme Jesús mío.
Duerme y lléname de amor.
Mula y buey le dan cobijo
con su aliento al Niño Dios.
Siente Él su aire tibio,
siente que le dan calor.
Los pastores en el campo
ven al ángel anunciar
que ha nacido en una cueva
a quien deben adorar.
Una estrella, desde el cielo,
a los Magos avisó
que el que es Rey nos ha nacido,
que el mensaje se cumplió.
Cierra, cierra tus ojitos,
Niño de mi corazón.
Duerme, duerme Jesús mío.
Duerme y lléname de amor.
Y al saber que has nacido
mi alma se estremeció
y de pronto yo he sentido
que también eres mi Dios.
Como pastor he corrido
A la cueva de Belén
para yo admirar al Niño
que acaba de nacer.
Al sentir que me he acercado
el Niño se despertó.
Con sus ojos me ha mirado,
con sus labios me sonrió.
Y al mirarme, yo he sentido
gozo en todo mi interior,
mi alma se ha estremecido
y he llorado de emoción.
Cierra, cierra tus ojitos,
Niño de mi corazón.
Duerme, duerme Jesús mío.
Duerme y lléname de amor.
Niño de mi corazón.
Duerme, duerme Jesús mío.
Duerme y lléname de amor.
En tu frente pone un beso
con sus labios de arrebol
la bendita Virgen Madre
que a su Padre enamoró.
Frente a ti, con dulces ojos,
de rodillas San José
siente un nudo en su garganta
y en su mente un no sé qué.
Las estrellas y la luna
con su dulce resplandor
iluminan esa cuna
en que duerme el Redentor.
Cierra, cierra tus ojitos,
Niño de mi corazón.
Duerme, duerme Jesús mío.
Duerme y lléname de amor.
Mula y buey le dan cobijo
con su aliento al Niño Dios.
Siente Él su aire tibio,
siente que le dan calor.
Los pastores en el campo
ven al ángel anunciar
que ha nacido en una cueva
a quien deben adorar.
Una estrella, desde el cielo,
a los Magos avisó
que el que es Rey nos ha nacido,
que el mensaje se cumplió.
Cierra, cierra tus ojitos,
Niño de mi corazón.
Duerme, duerme Jesús mío.
Duerme y lléname de amor.
Y al saber que has nacido
mi alma se estremeció
y de pronto yo he sentido
que también eres mi Dios.
Como pastor he corrido
A la cueva de Belén
para yo admirar al Niño
que acaba de nacer.
Al sentir que me he acercado
el Niño se despertó.
Con sus ojos me ha mirado,
con sus labios me sonrió.
Y al mirarme, yo he sentido
gozo en todo mi interior,
mi alma se ha estremecido
y he llorado de emoción.
Cierra, cierra tus ojitos,
Niño de mi corazón.
Duerme, duerme Jesús mío.
Duerme y lléname de amor.
Esta oración ha sido compuesta por Mauricio I. Pérez para rezar en familia en la Noche Buena y es compartida con todas las familias que deseen tener en su cena de Navidad un momento familiar en torno al Misterio de la Natividad del Señor.